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El Dragón Inigualable

Capítulo 1 Descendiendo de la montaña para anular el compromiso

—¿Asi que tú eres el prometido que mi abuelo eligió para mí?

Frente a la Catedral del Cielo Eterno, en la Montaña de la Luna Dorada.

Simón Ramírez miraba con cierta extrañeza a la lindísima mujer que posaba frente a él: vestía una falda ajustada, tenía la cintura delgada, caderas pronunciadas, un cuerpo bastante sensual, unos ojitos brillantes y dientes perfectos, con facciones increíblemente delicadas.

—¿Y tú eres?

—¡Yo soy tu prometida, Mónica Delgado, líder de la Corporación Azul Celeste!

¿Prometida?

Simón lo pensó un momento. Su difunto abuelo efectivamente le había mencionado que tenía un compromiso matrimonial arreglado desde hacía un tiempo.

—¿Vienes para casarte conmigo?

—¿Casarme? ¿contigo? ¿un tipo insignificante que vive en una montaña remota? ¿con alguien pobre y feo?

¡Cada una de mis zapatillas de tacón cuesta tres mil dólares! ¡Un vestido mío, cinco mil! ¡Solo en maquillaje y tratamientos de belleza gasto decenas de miles mensuales! ¿Tú podrías llevar ese estilo de vida?

—No puedo... Y tampoco tengo intención de hacerlo.

—¿No piensas hacerlo? ¿O es que no tienes con qué hacerlo? ¡Vine a anular el compromiso! ¡Saca los papeles del matrimonio y devuélvemelos ahora mismo!

Simón sacó la caja que su abuelo le había dejado y, al abrirla, se sorprendió.

¡Quedó completamente atónito!

Su abuelo solo le había dicho que tenía un compromiso, ¡pero no le mencionó que eran varios!

Dentro de la caja había numerosos contratos de matrimonio. En total, ¡nueve!

Simón los sacó y los fue revisando minuciosamente uno por uno. Efectivamente, se encontraba uno a nombre de Mónica.

Lo tomó y se lo entregó.

Al ver el enorme montón de contratos en manos de Simón, Mónica se enfadó y gritó: —¡Desgraciado!

Luego rompió en pedazos el contrato que tenía en las manos y lanzó los restos al aire. Los trozos volaron con el viento.

—El contrato está destruido, el compromiso por fin se anuló. ¡No hay ningún lazo entre nosotros!

Tras decir esto, Mónica se fue con paso firme, sus tacones resonando con cada pisada.

Tan pronto como se alejó, Simón sintió un calor en la garganta y escupió un chorro de sangre.

—¡Guaj...!

Pero no era por el disgusto de haber sido rechazado. Era porque uno de sus siete Canales de Energía Internas ya no podía ser contenido.

Si no encontraba la Flor de Lumbre Divina dentro de un año, la Toxina energética en su cuerpo estallaría y tendría una muerte súbita.

Tenía que bajar de la montaña.

Bajaría a buscar la Flor de Lumbre Divina... Y, de paso, a anular todos los compromisos restantes.

...

Un tren pasaba a toda velocidad por las vías, cuando de repente, una dulce voz se escuchó por el altavoz.

—El tren está por llegar a la estación Altoviento del Valle, por favor prepárense para descender...

Durante todo el recorrido, Simón había estado regulando su energía para mantener a raya la toxina en su cuerpo.

Al aproximarse la estación, se levantó, se estiró y se dirigió al baño.

De pronto, el Medallón del Corazón del Jaguar que llevaba al cuello se soltó y comenzó a rodar por el vagón, terminando bajo un asiento.

Simón se agachó para recogerlo.

—¡Ah!

Un grito agudo lo hizo alzar la vista con sobresalto.

Frente a sus ojos encontró un par de largas y hermosas piernas.

Simón se quedó paralizado, y luego una luz blanca comenzó a parpadear frente a él, cegándolo.

¡Click!

¡Click, click!

Mónica sostenía su celular, fotografiando al "pervertido" bajo ella, registrando todo su "crimen".

Solo cuando terminó y guardó las evidencias, se dio cuenta de que se trataba de Simón.

—¿Eres tú? ¿Qué estás haciendo?

—Se me cayó el colgante. Solo lo estoy recogiendo.

—¿Recogiendo el colgante? ¡Eres un asqueroso! ¿Te dolió que rompiera el compromiso y ahora me estás siguiendo para acosarme?

—¿Seguirte? No tengo el menor interés. Acosarte, menos.

—¿Qué no tienes interés? ¡Arrojaste ese ridículo colgante a propósito bajo mis pies! ¡No creas que no sé lo que estás tramando, maldito!

Simón no se molestó en responder. Metió el colgante en el bolsillo de su pantalón y se dio la vuelta para marcharse.

—¡Detente!

—¿Qué es lo que quieres?

—Te advierto por última vez: nadie debe saber que alguna vez tuvimos un compromiso. ¡Me avergüenza!

Y más aún: no vuelvas a aparecerte en mi vida.

Si vuelves a acosarme, llamaré a la policía. Con solo las fotos de hace un momento, ya tengo pruebas para meterte preso.

—Ridículo.

A la salida de la estación.

Simón cargaba un saco de lona al hombro; Mónica, una bolsa Louis Vuitton de la última temporada. Caminaban, uno delante del otro.

—¿Por qué me estás siguiendo?

Simón giró la cabeza, algo exasperado: —Voy delante, tú vienes detrás. ¿No eres tú la que me sigue?

En ese momento, un Rolls-Royce bicolor se detuvo lentamente frente a ellos. Se abrió la puerta y bajó un anciano con un porte distinguido.

Los ojos de Mónica brillaron y su corazón se aceleró.

¿Leonardo?

Sí, la placa tenía cinco ochos. Era el Rolls-Royce de la familia Sánchez. El hombre era Leonardo, el mayordomo de la casa de los Sánchez.

La Corporación Azul Celeste de Mónica había invertido muchísimo para ser incluida en la lista de evaluación del Grupo Pionero.

La lista definitiva sería publicada la próxima semana.

Leonardo llevaba décadas en la casa de los Sánchez, y era el más confiable de toda la familia. Si lograba establecer una relación con él, la inclusión de su corporación estaría asegurada.

Con gran entusiasmo, Mónica se acercó con sus ruidosos tacones.

—¡Hola, Leonardo! Soy Mónica, de la Corporación Azul Celeste...

Hizo una reverencia de noventa grados, presentándose con la máxima cortesía.

Pero, después de hablar un buen rato, notó con frustración que Leonardo ni siquiera estaba mirándola. La había ignorado por completo.

Su reverencia y presentación habían sido dirigidas... ¡a la nada!

Que el mayordomo de los Sánchez ignorara a alguien era normal. Después de todo, él servía a la familia más poderosa de Altoviento.

Intentando disimular la vergüenza, Mónica se giró con intención de desquitarse con Simón.

Seguro que su mala suerte era culpa de ese hombre insignificante que la seguía a toda parte.

Pero al voltear, vio que Leonardo se acercó a Simón y, ¡le hizo una profunda reverencia!

Mónica quedó perpleja, y rápidamente dio tímidos pasos cortos para acercarse y escuchar.

—Disculpe, ¿usted es Simón... Simón el Divino?

—Pues no soy tan divino. Pero si soy Simón. ¿Y usted?

—Yo soy Leonardo, mayordomo de la casa de los Sánchez. Nuestra señorita me envió a recibirlo. Se llama Sara Sánchez y es su prometida. Ella lo está esperando en casa.

Simón subió al auto y el Rolls-Royce partió, dejando una nube de polvo tras de sí.

Capítulo 2 El payaso resultó ser uno mismo

Mónica se quedó inmóvil en el lugar, con el rostro cubierto por el humo del escape y la ropa manchada por el polvo que levantaron las ruedas del auto.

Sus tacones de tres mil dólares y su vestido de cinco mil se habían convertido en algo tan polvoriento como la mercancía barata exhibida en un mercado callejero.

Su cara, embadurnada de costosos cosméticos, naturalmente también había quedado lleno de tierra.

¿Sara era entonces la prometida de Simón?

¿Y había enviado a Leonardo a recibirlo?

¿Incluso lo había llamado respetuosamente Simón el Divino?

¡Un hombre nimio de una montaña remota no podía ser sagrado! ¡Era un farsante, un impostor que solo se dedicaba a engañar a los demás!

Sara jamás se casaría con él. Seguro que, como ella, también quería anular el compromiso.

¡Definitivamente eso era!

El hecho de que ella acabara tan ridículamente embarrada era culpa de ese miserable de Simón. ¡Tenía que hacerlo pagar!

Media hora después, el Rolls-Royce ingresó en un imponente complejo arquitectónico: era la casa de los Sánchez, un terreno de enormes dimensiones.

Pabellones y terrazas, arroyos murmurantes, sombra de árboles, hojas rojizas, cantos de pájaros y fragancias florales.

Cada paso revelaba un nuevo paisaje; cada escena era una obra maestra, tan hermosa que resultaba embriagante.

Era el lugar ideal en el centro de Altoviento, un sitio secreto reservado exclusivamente para la familia número uno.

Simón fue conducido al salón de recepción. Leonardo le sirvió una taza de café de primera calidad y luego se retiró.

¡Toc, toc, toc!

Al compás de unos tacones golpeando el suelo con una melodía más armoniosa que cualquier acorde musical, apareció una belleza sin comparación.

La hermosura de esa mujer era tal, que cualquier intento de describirla con palabras sería una blasfemia.

Era Sara, la señorita de la familia Sánchez, líder del Grupo Pionero y la mujer más hermosa de Altoviento.

Con solo una mirada, Simón quedó completamente embelesado, paralizado en su sitio.

—¿Tú eres Simón? ¿Mi prometido?

—Eh... Sí.

Simón recobró la compostura.

Ya había sido rechazado una vez; no quería pasar por lo mismo de nuevo, así que rápidamente sacó el contrato de compromiso y se lo entregó a Sara.

—Vienes a anular el compromiso, ¿verdad? Aquí tienes los papeles, ya no tenemos relación alguna. No te preocupes, no volveré a aparecerme ante ti, ni mencionaré jamás que fuiste mi prometida.

—¿Cuándo dije que quería anular el compromiso?

—¿No lo vas a hacer?

—Este compromiso fue decidido por mi abuelo. Respetaré su voluntad y me casaré contigo. Mañana iremos a registrar el matrimonio. Pero antes de eso, debemos establecer tres acuerdos básicos.

—¿Cuáles?

—Me casaré contigo únicamente por este compromiso, no porque te ame, así que no habrá boda ni nadie podrá enterarse. De cara al público, tú serás de ahora en adelante mi asistente y deberás llamarme jefa Sara.

Además, te voy a dar un año de prueba. Si durante ese año logras que me enamore de ti, haremos la boda y seremos verdaderos esposos.

Si al finalizar el año no siento nada por ti, o no somos compatibles, nos divorciaremos.

Y un último punto: casarme contigo no requerirá un regalo de tu familia, pero el obsequio de la mía será solo uno. Se trata de una hierba arrugada, marchita y bastante fea, llamada Flor de Lumbre Divina.

¿La Flor de Lumbre Divina era el regalo?

Al escuchar esto, los ojos de Simón se iluminaron al instante, emocionado al extremo.

—¿Y si después del año aún no te gusto? ¿Podrías darme la Flor de Lumbre Divina como recuerdo?

Después de todo, dijiste que es arrugada, marchita y fea. No tiene valor en absoluto. Mejor dámela, como un recuerdo.

—¡No puedo! ¡Es mi regalo de boda! ¡Quiero casarme con un hombre que esté a mi altura y llevármela conmigo!

Simón se quedó sin palabras.

En ese momento, sonó el celular de Sara.

—¿Qué? ¡Ya mismo voy!

Tras colgar, Sara le dijo a Simón: —Mi abuelo está en estado crítico. Ven conmigo al hospital ya.

—¡De acuerdo!

Simón tomó con cuidado el sucio saco de lona de serpentina.

—¿Para qué lo llevas? Nadie te lo va a robar.

—Podría ser útil.

Sara no respondió, aunque tampoco se molestó en detenerlo.

Hospital Central, frente a la sala de urgencias.

Una mujer vestida con traje profesional caminaba de un lado a otro con ansiedad. Era Yolanda, la secretaria de Sara.

Apenas llegaron Sara y Simón, las puertas de la sala de emergencias se abrieron y un grupo de médicos salió.

—Decano Zacarías, ¿cómo está mi abuelo?

—Hicimos todo lo posible, no queda mucho más. Sin embargo, don Alfonso aún muestra signos vitales. Si logramos que el milagroso médico César venga, tal vez pueda salvarlo.

—¿Médico César?

—En situaciones extremadamente críticas, don César ha ayudado a personas a escapar de la muerte. ¡Es aquel que puede arrebatarle pacientes a la parca!

Es el mejor médico de Altoviento, pero lleva tres años sin recibir a nadie. Conseguir que lo trate es extremadamente difícil.

Justo al terminar de hablar el decano Zacarías...

—El médico César ha llegado.

Gustavo Gutiérrez apareció acompañado de un anciano. Ese anciano era César.

Vestía una túnica que flotaba con elegancia; su presencia era extraordinaria, con un porte que llamaba la atención.

Al llegar junto al lecho, César primero levantó los párpados de Alfonso y luego le hizo un chequeo completo.

—Médico César, ¿cómo se encuentra mi abuelo?

—Su condición es extremadamente grave. A menos que utilice la técnica familiar de Las Nueve Agujas de la Luz Divina, ni Dios podrá salvarlo.

—Por favor, médico, salve a mi abuelo. Si logra salvarlo, la familia Sánchez le dará una gran recompensa.

—Señorita Sara, he venido a petición del señor Gustavo. Por lo tanto, si salvo o no a su abuelo, depende de la voluntad del señor de él.

Gustavo dio un paso al frente, con una expresión triunfante, y amenazó.

—Sara, tú sabes lo que siento por ti. Si aceptas casarte conmigo, permitiré que César salve a tu abuelo.

Si te niegas, el médico no intervendrá, y tu abuelo solo podrá esperar la muerte. Tu abuelo es el pilar de los Sánchez. Si le sucede algo, la familia se acabará.

Capítulo 3 Alfonso ha muerto

—¿Gustavo, de verdad era necesario ser tan despreciable y ruin?

—¡También intenté conquistarte de formas honorables! ¡Te regalé rosas, bolsos y muchas cosas más!

¡Pero ni siquiera me diste la oportunidad de cenar juntos o de llevarte al cine! Ahora, la vida de tu abuelo está en mis manos. Si vive o muere, depende de lo que tú decidas.

Simón dio un paso al frente y le dijo a Sara: —Puedo salvar la vida de tu abuelo.

—¿Tú puedes salvarlo? ¿Quién eres tú, un tipo vulgar? ¿Qué haces aquí en la sala de emergencias? ¿No sabes que los extraños no pueden estar aquí? ¡Vete!

Yolanda no se había percatado antes de la presencia de Simón, y como no sabía que Sara lo había traído, por instinto lo consideró un intruso.

—Es mi nuevo asistente, Simón.

¿Nuevo asistente?

Yolanda lo comprendió de inmediato, y entonces reprendió a Simón.

—Tú, hombre vulgar, ¿apenas fuiste contratado por la jefa Sara y ya quieres llamar la atención? ¡Si quieres destacar, al menos entiende la gravedad de la situación!

¡Ni siquiera el decano Zacarías pudo salvarlo, ¿y tú crees que puedes hacerlo?! En este momento, el único que puede salvar al jefe Alfonso es el médico César.

Simón ignoró a Yolanda y, con ka expresión seria, le dijo a Sara: —Estoy completamente seguro de que puedo devolverle la vida a tu abuelo.

—¡Cállate!

Por supuesto que Sara no le creyó a Simón. Si ni siquiera el decano Zacarías había podido hacer nada, ¿cómo podría lograr algo ese muchacho impulsivo?

¡Su abuelo no podía morir!

Sara apretó los dientes y le dijo a Gustavo: —Si el médico César logra salvar a mi abuelo, aceptaré casarme contigo.

—¡Así se habla!

Gustavo, viendo su plan maligno cumplido, sonrió con aire triunfante.

—Estimado César, dejo a don Alfonso en sus manos. Si logra salvarlo, ¡le duplicaré lo que le prometí antes!

—Normalmente no intervengo. Pero cuando lo hago, puedo arrebatarle vidas a la muerte. ¡Por el señor Gustavo, traeré de regreso a don Alfonso!

Un asistente trajo una caja de sándalo que, al abrirse con un golpe seco, emitió un resplandor dorado que deslumbró a todos en la sala.

Eran las Agujas del Unicornio Dorado, en total eran nueve piezas. Cada una tenía tallado en la punta un unicornio, vívido y de formas distintas.

La mano de César, más delicada que la de una madre y tan blanca y pura como el jade, se deslizó con suavidad sobre las agujas.

Las agujas, que yacían quietas en la caja, se levantaron todas. Los unicornios en sus puntas emitieron un zumbido vibrante.

Aquella técnica tan extraordinaria dejó a todo el mundo boquiabierto.

—¡Wow! ¡Ni siquiera las tocó y ya se levantaron obedientemente! ¡El médico César es increíble!

—Eso se llama control remoto de agujas. ¡Es una técnica que solo Dios puede ejecutar! Don César ya era profesional hace treinta años. ¡Ahora es un médico milagroso!

—¡Claro que es el médico César! Si no fuera un médico prodigioso, ¿cómo podría arrebatarle pacientes a la parca?

...

En medio de los elogios, César agitó la mano y las nueve agujas doradas se elevaron con un silbido, suspendiéndose sobre Alfonso.

Como majestuosas águilas, giraban en el aire.

—Primera aguja, impacto certero: ¡calmar el alma y estabilizar el cuerpo!

César pronunció la fórmula, y una aguja descendió velozmente, clavándose con precisión en el Punto de la Luna Oscura de Alfonso.

En cuanto la aguja penetró, el rostro pálido de Alfonso ganó algo de color.

Yolanda, emocionada, gritó hacia Sara: —¡Jefa Sara, mire! ¡El jefe Alfonso tiene esperanzas! ¡El médico César solo ha usado una aguja y ya muestra mejoría!

—Silencio.

A juzgar por la primera aguja, aquel César efectivamente tenía cierta habilidad. Se le podía considerar un ser extraordinario.

Sin embargo, Simón no se mostró ni un poco preocupado.

Él ya había detectado el verdadero punto crítico en el cuerpo de Alfonso, y estaba seguro que el diagnóstico de César era erróneo.

La primera aguja había sido en el Punto de la Luna Oscura. La segunda sería, sin duda, en el Punto del Corazón Celestial, luego en el Punto del Viento Fantasma, y después en el Punto de la Serpiente Sagrada.

En cuanto la aguja tocara el Punto de la Serpiente Sagrada, Alfonso moriría.

Aunque sería una muerte aparente, solo se tendrían quince minutos para revertirla. Si pasaban esos quince minutos, ni Simón podría salvarlo.

—Segunda aguja en el Punto del Corazón Celestial: restaurar la vitalidad.

Los labios secos de Alfonso recuperaron algo de humedad.

—Tercera aguja en el Punto del Viento Fantasma: restaurar la movilidad de las extremidades.

Los dedos de Alfonso se movieron ligeramente.

—Cuarta aguja en el Punto de la Serpiente Sagrada: ¡directo al resurgimiento sagrado de la vida!

Al recibir la cuarta aguja, Alfonso se incorporó de golpe en la cama.

Aunque su cuerpo se veía rígido y sus ojos vacíos, los monitores comenzaron a mostrar datos en rápido ascenso.

César quedó paralizado, con la mente confusa.

¿Con solo cuatro agujas de las Nueve Agujas de la Luz Divina, Alfonso ya había revivido? Incluso él mismo no podía creerlo.

Pero si el paciente había vuelto a la vida, ¿importaba cuántas agujas se habían usado?

Quizá su técnica médica había alcanzado un nuevo nivel.

—¡Cuatro agujas para devolver la vida, cinco para restablecer el equilibrio!

Las cinco agujas restantes regresaron al instante a la caja de sándalo.

Alfonso volvió a recostarse en la cama. Los datos del monitor dejaron de dispararse y comenzaron a estabilizarse lentamente. Eso indicaba que sus signos vitales se estaban normalizando.

César guardó las agujas y le dijo a Sara: —Señorita Sara, he salvado a su abuelo y consolidado su matrimonio con el señor Gustavo. Cuando celebren la boda, ¡deben invitar a este humilde casamentero y darme un buen obsequio!

—No salvaste a nadie. Lo que hiciste fue asesinarlo. Eso fue solo una breve reanimación. En menos de medio minuto, don Alfonso morirá.

Las palabras de Simón enfurecieron a Sara, que apenas había pasado de la tristeza a la alegría.

¡Su abuelo acababa de ser salvado y ese idiota se atrevía a decir que lo habían matado!

—¡El que va a morir eres tú!

¡Beep, beep, beep!

Todos los datos en los monitores cayeron a cero en un instante.

¿Alfonso había muerto?

Capítulo 4 Fue él quien mató a tu abuelo

César tenía una expresión de absoluta incredulidad. Rápidamente levantó los párpados de Alfonso, luego los volvió a examinar y también comprobó su respiración.

Finalmente, César se desplomó en la silla de acompañante.

Estaba muerto. Alfonso realmente había muerto.

Sara no podía creerlo, ni quería hacerlo.

—Médico César, ¿no fue usted quien salvó a mi abuelo?

César se quedó sin palabras por un momento, pero pronto recuperó la compostura.

No podía permitir que su reputación como el primer gran médico de Altoviento se viera afectada.

Entonces, señaló con el dedo a Simón y lo acusó: —¡Fue él! ¡Este hombre vulgar venido de la montaña! ¡Fue él quien, con sus palabras malditas, mató a tu abuelo!

—Médico César, ¿no le parece muy irresponsable echarle la culpa así a otra persona? ¿De verdad cree que la jefa Sara es tan ingenua como para creer semejante babosada?

—¡Soy el primer médico de Altoviento! ¿Crees que le echaría la culpa a un don nadie como tú sin fundamento? Digo que tus palabras malintencionadas mataron a don Alfonso porque tengo razones y pruebas.

—¿Qué razones? ¿Qué pruebas?

—Don Alfonso ya había sido salvado por mí. Solo necesitaba reposar un momento en la cama, recuperar el espíritu, y despertaría de inmediato.

Pero justo cuando estaba a punto de lograrlo, tú lo maldijiste. Esa maldita energía tuya interrumpió su proceso de sanación. ¡Por eso, don Alfonso murió por tu culpa!

—¿Está seguro de que don Alfonso realmente murió?

—¡No tiene pulso ni respiración! ¿Qué más prueba de muerte quieres?

—No está muerto. Aún sigue vivo.

Las palabras de Simón encendieron una chispa de esperanza en los ojos desesperados de Sara.

—¿Dices que mi abuelo no ha muerto?

Yolanda ya no lo soportaba más. Llena de rabia, le gritó a Simón.

—¡Tú, campesino vulgar, ¿quieres callarte?! Hace un rato, cuando el jefe Alfonso estaba vivo, dijiste que estaba muerto. ¡Ahora que está muerto, dices que está vivo!

¿Crees que haciendo estos espectáculos como un payaso vas a impresionar a la jefa Sara?

César, en el fondo, no quería que Alfonso muriera. También sabía que su intento de deslindar responsabilidades había sido bastante forzado.

Entonces volvió a revisar a Alfonso y pidió al decano Zacarías que le hiciera una evaluación completa con los equipos médicos más avanzados.

Finalmente, ambos llegaron a la misma conclusión.

¡Alfonso estaba muerto!

Simón abrió su saco de lona y sacó de él una pequeña caja de hierro del tamaño de una caja de fósforos, cubierta de óxido.

Al abrirla, reveló siete pequeñas agujas negras, parecidas a las que se usan en el bordado.

Eran las Agujas de la Serpiente Emplumada, una herencia de su abuelo.

Con una de esas agujas en la mano, Simón se dispuso a clavársela a Alfonso.

¡Yolanda se quedó perpleja!

En cuanto reaccionó, lo detuvo de inmediato y gritó con voz aguda: —¿¡Qué crees que haces!?

—¡Salvarlo!

—¿Salvarlo? ¡El médico César no pudo salvarlo ni con sus agujas doradas de unicornio! ¿Y tú, un campesino vulgar, con estas agujas negras, sucias y llenas de mugre que seguramente recogiste de un basurero, te atreves a clavárselas al jefe Alfonso?

Gustavo intervino con una risa sarcástica.

—¿Salvarlo? ¡Él solo quiere presumir porque acaba de ser contratado como asistente! Total, don Alfonso ya está muerto. Si le clava sus agujitas negras y no pasa nada, no hay consecuencia. ¡Pero si por algún milagro lo salvara, se llevaría todo el mérito!

—¡No hay ningún milagro posible! Don Alfonso ya está muerto. ¡Ni Dios podría salvarlo! Si cualquiera pudiese tomar unas agujas sucias encontradas por ahí y con solo pincharlo pudiera revivirlo, ¿entonces para qué existen los médicos? —afirmó César con total seguridad.

—El doctor César tiene razón. Don Alfonso ha muerto, es imposible que reviva. Hace un momento ordené a los médicos que le hicieran una revisión completa con los equipos más sofisticados del hospital. Don Alfonso no solo no tiene latidos ni respiración, sino que todos además sus órganos ya han dejado de funcionar. Está completamente muerto.

Concluyó el decano Zacarías.

Con el respaldo de César y Zacarías, Yolanda estaba aún más convencida de que Simón solo quería llamar la atención y hacer el ridículo.

Señalando la puerta, le gritó: —¡Lárgate ya!

Por supuesto, Simón no se movió. Miró a Sara con seriedad y le dijo:

—A tu abuelo le quedan cinco minutos. Si no clavo la primera aguja lo antes posible, morirá de verdad. ¡Ni Dios podrá salvarlo!

—¿Ni siquiera el doctor César pudo salvarlo, y tú sí? —Sara seguía sin creerle.

—¡Por supuesto que sí!

—¡Idiota! Solo estás fanfarroneando, tratando de lucirte frente a la jefa Sara. Jefa, ¡no le crea sus mentiras! ¡Él quiere poner en peligro al jefe Alfonso!

Yolanda intentaba hacer entrar en razón a Sara mientras empujaba a Simón hacia la puerta.

Pero Simón era como un tronco, completamente inmóvil, sin importar cuánta fuerza le aplicara.

—¡Lárgate! ¡Te dije que te largues ya!

Simón alzó la voz.

—Tal como dijeron el decano Zacarías y el doctor César, don Alfonso ya ha muerto. ¡Ni Dios puede devolverlo a la vida! Y si ya está muerto, ¿cómo podría yo hacerle algún daño?

—¡Tú!... ¡Tú lo que quieres es profanar un cadáver!

—¿Profanar un cadáver? Soy el asistente de la jefa Sara. ¿Qué ganaría yo profanando el cuerpo de su abuelo?

Simón miró fijamente a Sara, decidido a darle una última oportunidad.

—Jefa Sara, me diste un período de prueba de un año. Si no logro devolverle la vida a tu abuelo, puedes despedirme de inmediato.

Capítulo 5 Recomendado por un pariente pobre

¿Período de prueba de un año?

¿No suelen ser de tres meses?

Yolanda se quedó pensando.

Finalmente, lo entendió.

Ese tipo venía de las montañas, no había sido contratado formalmente. Seguramente lo había recomendado algún pariente pobre de la jefa Sara.

A la jefa Sara no le agradaba ese tipo, pero tampoco quería desairar al familiar, así que propuso un período de prueba de un año, claramente sin intenciones de que se amañara.

El compromiso lo había establecido el abuelo, pero si no lograban salvarlo, continuar con un matrimonio de prueba con ese hombre vulgar durante un año sería una enorme pérdida.

El decano Zacarías y el médico César ya lo habían dicho: el abuelo estaba muerto, no había forma de salvarlo. ¡Así que, que lo intentara!

Después de todo, él mismo había dicho que si no lograba salvar al abuelo, se marcharía sin rechistas.

—Está bien.

Sara asintió con la cabeza.

Yolanda no se atrevía a contradecir a su jefa, pero seguía convencida de que Simón tramaba algo malintencionado. Por eso lo señaló y dijo:

—¡Si después de la primera aguja el jefe Alfonso no muestra ninguna reacción, te detienes de inmediato y te largas!

—De acuerdo.

Simón aceptó, y luego aplicó la primera aguja.

Esa primera aguja dejó a todos completamente atónitos.

Porque esa diminuta aguja negra fue clavada en la punta de la nariz de Alfonso.

—¿En la punta de la nariz hay algún punto energético? ¡Eso es una locura! ¡Está haciendo cualquier cosa ¡Es una profanación del cuerpo!

Dictaminó César con desdén.

¡Bip!

¡Bip, bip!

Los monitores comenzaron a sonar, y los números que habían quedado en cero empezaron a cambiar.

Aunque las proporciones eran leves.

Sara, que ya se había resignado, volvió a albergar una chispa de esperanza.

—¿Mi abuelo está vivo? —preguntó con el rostro lleno de ilusión.

—Sí.

—¿Sí qué? ¡Eso fue solo un pinchazo al azar que tocó algún nervio y provocó un reflejo! ¡No significa que lo hayas salvado!

Yolanda no creía ni por un instante que una simple aguja en la nariz pudiera revivir al jefe.

Los cambios en el monitor dejaron primero en shock a César.

No podía creer que Alfonso pudiera ser salvado.

¡No lo creía en absoluto!

Pero tampoco encontraba una explicación razonable.

Porque, incluso si se trataba de una última reanimación espontánea, ese fenómeno solo podía ocurrir una vez. ¿Una segunda vez? Imposible.

Las palabras de Yolanda lo sacaron de su desconcierto.

Asintió de inmediato, convencido.

—Yolanda tiene razón. Los cambios en el monitor se deben únicamente a que este hombre vulgar pinchó al azar, estimulando algún nervio de don Alfonso, provocando un leve reflejo. Muy pronto, esos reflejos desaparecerán y los datos volverán a ser cero.

Simón no respondió. Simplemente aplicó la segunda aguja.

Esta vez, la insertó directamente en el ojo de Alfonso.

Todos volvieron a quedarse atónitos.

—¡Ah! ¿Qué haces? ¿Quieres reventarle el ojo al jefe Alfonso? ¡Maldito! ¡Detente ahora mismo!

Yolanda fue la primera en reaccionar, gritando con desesperación.

¡Bip, bip!

¡Bip, bip, bip!

Los datos en los monitores comenzaron a fluctuar con mayor intensidad.

La palidez cadavérica del rostro de Alfonso empezó a disiparse, poco a poco recuperando rubor en su cara. Sus dedos también se movieron ligeramente.

Sara, que estaba a punto de detener a Simón, se tragó las palabras al ver el cambio.

César se quedó completamente estupefacto.

Él era un experto en medicina tradicional, un maestro de la acupuntura con una técnica sumamente precisa.

Una aguja en el ojo, como la que había aplicado Simón, en teoría debería haberle reventado el globo ocular.

¡Pero no solo no lo dañó, sino que Alfonso mostraba signos evidentes de mejoría!

Según los datos del monitor y las reacciones de su cuerpo, ¿realmente estaba regresando a la vida?

—¿Mi abuelo regresó a la vida?

—Sí.

Simón respondió con firmeza.

Yolanda ya no se atrevía a decir nada. Aunque no quería creer que Simón hubiera salvado a Alfonso, lo había visto con sus propios ojos.

Tanto los cambios físicos de Alfonso como los datos en los monitores lo demostraban claramente.

—¡Eso no es nada más que una reanimación pasajera!

Incluso frente a una evidencia tan contundente como el acero, él se negaba a aceptarla.

¿Un don nadie, un campesino vulgar, había logrado lo que el mejor médico de la ciudad no?

Si esa noticia se propagaba, ¿qué quedaría de su prestigio?

¡Alfonso no podía salvarse! ¡Debía morir!

Simón aceleró el ritmo de las aplicaciones.

Después de siete agujas, el color había regresado al cuerpo de Alfonso. Los datos en los monitores estaban cerca a los valores normales.

Sin embargo, él seguía inconsciente, aún no despertaba.

Cuando Simón retiró las siete pequeñas agujas y las volvió a guardar en su cajita de hierro, Sara preguntó de inmediato: —¿De verdad mi abuelo está vivo?

—¡Por supuesto!

—¿Por supuesto qué? ¡Eso fue solo una reanimación pasajera! ¡Esos datos volverán a cero en cualquier momento!

Gustavo no creía que Alfonso hubiera sido salvado. Con una sonrisa sarcástica, comentó:

—Si realmente se salvó, ¿por qué don Alfonso no ha despertado? ¿Por qué no ha abierto los ojos? Cuando el doctor César actuó, al menos se sentó por un instante. Este campesino vulgar ha estado pinchándolo todo este tiempo y apenas logró que moviera un dedo. ¡Ni siquiera pudo conseguir que se incorporara!

Las palabras de Gustavo volvieron a sembrar la duda en el corazón de Sara.

Ya había pasado una vez de la esperanza a la desesperación, y no quería volver a atravesar por lo mismo.

El Dragón Inigualable
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